17 de Octubre de 1945. El inicio de un capítulo inédito en la historia de nuestro país.
Acosado en todos los frentes, el Presidente de facto, Edelmiro Farell, levanta el estado de sitio en agosto, lo que permite grandes manifestaciones opositoras. A fines de Septiembre, un movimiento militar contra el gobierno es abortado en Córdoba. Esto le sirve como pretexto al Presidente Farell para reinstaurar el estado de sitio, ocupar las universidades y practicar numerosas detenciones.
A principios de Octubre, la guarnición de Campo de Mayo le exige a Farell el alejamiento de Perón de todos sus cargos (Vicepresidente, Ministro de Guerra y Secretario de Trabajo). El Presidente acepta y ordena la detención de Perón en la isla Martin García.
Pero un inesperado movimiento popular avanza sobre Buenos Aires el 17 de octubre. La gente ocupa la Plaza de Mayo y exige la liberación de Perón. Una vez en libertad, Perón habla desde la Casa Rosada. Entonces, anuncia su retiro del Ejército y su lanzamiento a la acción política. Semanas más tarde, después de su casamiento con Eva Duarte, se dedica a la creación del Partido Laborista. Esta agrupación y la disidencia radical, llamada UCR junta Reorganizadora, apoyaran su candidatura presidencial.
Los seguidores de Perón iniciaron la movilización. La C.G.T. convoco a una huelga general para el 18 de octubre, mientras tanto algunos gremios y militantes políticos anticipaban manifestaciones.
En Berisso el Sindicato Autónomo de la Industria de la carne (cuya creación había sido respaldada por Perón), dirigido por Cipriano Reyes, durante la madrugada del 17 avanzo sobre la ciudad de La Plata y solicitaron al interventor la liberación de Perón.
En Buenos Aires miles de personas provenientes de diferentes puntos del Gran Buenos Aires marcharon sobre la ciudad al grito de libertad para el líder, quien había sido trasladado de la Isla Martin García al Hospital Militar de Buenos Aires, por supuestos problemas de salud. Previo anuncio del Presidente Farell desde el balcón de la Casa Rosada, Perón se dirigió a la multitud que lo aclamaba.
Eva Duarte encabezo una gran campaña de agitación en los medios laborales (el movimiento de los descamisados, apelativo con el que se conocía al proletariado urbano que apoyaba masivamente a Perón), para conseguir la excarcelación de su esposo que había sido recluido en la isla de Martin García a causa de un golpe militar.
El 17 de octubre de 1945 y la masiva movilización de pobres y discriminados a Plaza de Mayo trajo aparejado no solo la liberalización de Perón, sino que sello el más fuerte noviazgo de Evita con ese pueblo históricamente relegado. Así fue como Eva se convirtió en Evita, y se puso al frente de la Secretaria de Trabajo y de la Fundación que lleva su nombre, desde donde comenzara a forjar la leyenda que aun hoy perdura merced a sus políticas sociales plasmadas en derechos y no en la mera asistencia.
Cuando el Coronel Perón es destituido y llevado preso a la isla Martin García, Evita, como empezó a llamarla el pueblo trabajo clandestinamente junto a los sindicatos en los preparativos del 17 de Octubre. El 22 de Octubre de 1945 se casan en el Registro Civil de Junín.
El 17 de Octubre de 1945 se despertó la gran masa anestesiada, eclosiono el alma silenciosa y silenciada del pueblo, las columnas de obreros se movilizaron espontáneamente con un único objetivo: Rescatar al líder de los trabajadores argentinos, Juan Domingo Perón, obligado a renunciar por la oligarquía y preso en la isla Martin García.
El pueblo se organizó y salió a las calles. Las columnas obreras empezaron a poblar la ciudad, el rumor del pueblo fue creciendo y agigantándose, la multitud coreaba una canción popular: «yo te daré, te daré Patria Hermosa, te daré una cosa, una cosa que empieza con P, ¡Perón!». Y aquel Perón resonaba como un cañonazo, el cañonazo del pueblo que venía a rescatar a su líder, las grandes masas populares se decidieron a dictar el veredicto lapidario ante la crisis política producida por la obligada renuncia del líder de los trabajadores.
Los trabajadores abandonaron las fábricas, los surcos, los yerbales, las chacras, los servicios de transporte. Grupos compactos de trabajadores fueron atravesando los puentes que unen Avellaneda con Buenos Aires y se dirigían hacia el centro de la ciudad. Sus gritos y voces despiertan el pánico de los habitantes, los comerciantes bajan las cortinas de sus negocios.
Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y de Villa Crespo, de las manufacturas de San Martin y Vicente López, de las fundiciones y acerías del riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe, iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor y el mecánico de automóviles, el tejedor la hilandera y el empleado de comercio.
El sector céntrico de la ciudad era irreconocible. Buenos Aires era ocupada por centenares de miles de trabajadores enfurecidos.
Las manifestaciones obreras confluían en la Plaza de Mayo y, rendidos por la marcha, numerosos manifestantes refrescan sus pies en las fuentes de la plaza, como un duro mensaje a quienes observan horrorizados desde los balcones «la conquista de Buenos Aires».
Otros llegan montados en caballos, agrupados en camiones, trepados al techo del tranvía, amontonados en colectivos que debieron cambiar su recorrido y dirigirse hacia Plaza de Mayo con carteles improvisados brindando su apoyo y exigiendo a las autoridades la inmediata liberación de Perón.
Esa gigantesca concentración obrera inauguraba el 17 de Octubre, era la unión entre el pueblo trabajador y su líder, Perón, era el subsuelo de la Patria sublevado, era el cimiento básico de la Nación que asomaba y que inscribía un nuevo capítulo en la historia Argentina.
Con improvisadas antorchas hechas con ejemplares de «La Prensa» retorcidos en llamas los trabajadores iluminaron esa maravillosa noche, hasta que se asomó al balcón el líder rescatado por su pueblo, y sellando un pacto de lealtad eterna, Perón los llamo por primera vez por su nombre: ¡Trabajadores!
